El error de nuestra idea de transición, o posiblemente esa necesidad de articular nuevas plataformas o estructuras, radica en que somos los grandes herederos de una revolución netamente abortiva del orgullo de clase: La Revolución Francesa. Dónde la clase más abajo de la monarquía, la nobleza y el orden del clero eran los comerciantes o denominados “burgueses”, dónde estos propugnaba el insólito que si siendo ellos quienes mantenían a la monarquía, la nobleza y el clero ¿cómo podían andar mezclados con la clase proletaria, con los zapateros y panaderos? ¡Una infamia a la finura de la alcurnia francesa! Existen ideas implantadas que fueron grandes, pero no se debe tergiversar la propuesta política de los grandes pensadores, como Montesquieu, Voltaire y Rousseau , dónde se dio tratamiento a la idea del estado de derecho, la política federal y demócrata, ideas hermosas, pero los intereses de la “Tercera clase” no fueron nunca beneficiar a la clase trabajadora más famélica, fue colocar a una clase debajo de ellos, fue empaparse de la soberbia de poseerse arriba de otros. Cuestiono enormemente si hemos transferido lo realmente puro de la revolución del estado de derecho, me atrevo con suspicacia a afirmar que lo único que mantuvimos adherido es la vanidad de posesionarnos sobre otros, de menospreciar la clase campesina, la clase artesanal, porque vivimos con el idealismo y la abnegación de avergonzarnos por el campesinado, como si fuese un trabajo de poco realce, debemos castrar esa visión de asqueo hacia el trabajo. Todo trabajo, es digno, todo lo que el hombre haga en su libertad de sabiduría es absolutamente respetable.












